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[Pasaje de un diario]

Otra boca apestosa, eso dijo mi madre. Una boca a la que habría que alimentar durante años y que la molestaba cada vez que se abría. Las primeras palabras que recuerdo son esas, salidas de su boca. Cuando hubo bebido tanto que sus ojos dejaron de responder para siempre, a mí me pareció que se había bebido el océano; dejé la chabola que teníamos por hogar. Antes de irme, le recordé todas las veces que me había puesto la mano encima o que me había lanzado algo a la cabeza. La noche que me arrastró como a un buey y me tiró por las escaleras. Todas las veces que me dijo que no era más que otra boca apestosa. Lo último que oí fueron sus insultos desde la cama mientras maldecía su ceguera.

Junto a mis amigos, tenía que ganarme la vida para conseguir dinero y no morir de hambre. Lo mismo de siempre, pero al otro lado de las islas. No éramos los más grandes pero sí los más listos y perversos cuando había que serlo. La única manera de no acabar en un colchón en un callejón. No estábamos tan desesperados como otros que recogían basura en el río. Nosotros elegimos el camino de la navaja para llamar la atención de los sombrereros o de los chicos de Bottle Street.

Pero cuando un dandi de Serkonos se bajó de su impoluto coche y dejó a mi querida Deirdre retorciéndose y agonizando en el barro tras aplastarle la cabeza, arranqué una de las gacelas de madera que adornaban el coche y se la clavé en un ojo. La última vez que vi a Deirdre estaba inmóvil con la mirada clavada en el cielo gris. Pero ahora me gusta recordarla sonriendo, riéndose desde el Vacío del dandi tuerto con una gacela clavada en la cabeza.

Después de eso, nadie se metía conmigo. Durante meses, la Guardia peinó la zona una vez a la semana para localizarme. Hasta vino la Guardia mayor de Karnaca, en Serkonos. Por lo visto, el padre del dandi era el duque de Serkonos. Para mis amigos del barrio me convertí en un problema. Todos me evitaban. Me tiraban piedras para que me fuese o intentaban ponerme una bolsa en la cabeza para atraparme y cobrar la recompensa. Incluso los de las bandas me insultaban nada más verme. Billie es gafe, decían. Da mala suerte. Va a ser nuestra ruina.

¿Crees que sabes lo que es la soledad? Te aseguro que no. A finales del mes de la cosecha, tenía más odio dentro del que una persona puede soportar.

Entonces, conocí a Daud.

Fue en las primeras horas de una mañana oscura, el único momento del día en el que podía salir. Mientras recorría las calles del barrio jurídico, vi a tres chicos que parecían de la Guardia aunque no llevaban uniforme. Buscaban sangre y dinero, querían matar a alguien, como si estuviesen esperando a que un procurador borracho saliese dando tumbos de un bar en el momento adecuado.

Al principio no lo vi, pero salió de la nada y se abalanzó sobre ellos en un abrir y cerrar de ojos. Solo usó un cuchillo, nada más. Cada uno recibió un único corte en la parte izquierda del cuello. Los adoquines se cubrieron de sangre todavía caliente. Movimientos rápidos y algún que otro grito. Pelo oscuro. Una cicatriz se entreveía en la cara.

Cuando todo terminó, se subió a los tejados. Yo, que nunca había visto nada igual, salí tras él. Podría haberme quedado a saquear a los tres desgraciados que se estaban desangrando. Seguramente habría sacado suficiente para comer un mes. Pero eso parecía más importante. Intenté seguir su ritmo sin que me viese.

Por toda Dunwall, hacia las partes asoladas y en ruinas. Entró en lo que al momento supe que era su territorio. Centinelas ocultos con extrañas máscaras. Yo creía que ya había visto todo lo que hay que ver en la ciudad, todas las bandas, pero esto era algo nuevo para mí. Trepando a tejados y escondiéndome detrás de las chimeneas, lo observé hasta que se metió en un viejo edificio.

Estaba en penumbra. Las alfombras estaban roídas y las mesas llenas de papeles mordidos por las ratas. La humedad había destrozado los cuadros. Había armas y muñecos para practicar. Ahí vivían hombres que entrenaban con cuchillos y ballestas en la clandestinidad.

Perdí de vista al hombre y, tonta de mí, seguí investigando. Él sabía que lo había seguido y me abordó por detrás. Me quedé paralizada esperando que dijese algo.

"Me has seguido, has encontrado este lugar y no huyes ni suplicas para que no te mate.\"

"No tengo adónde ir\", dije. \"Y, la verdad, mi vida poco me importa.\"

Se acercó y me miró a los ojos, intentando ver alguna luz con la que adivinar mi pasado. \"Crees que estás muerta por dentro, pero te daré un motivo por el que vivir. Lucharás para mí y matarás a personas como las que te han hecho daño.\"

Asentí con la cabeza y, por primera vez en meses, me sentí aliviada.

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