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Versión 1

[Pasaje de un folleto callejero que relata de forma sensacionalista un avistamiento del asesino Daud]

Amable lector, ten por seguro que has gastado bien tu dinero. Lo que vas a leer aquí puede que un día te salve la vida... y la cordura. Nadie ha visto al puñal de Dunwall y ha vivido para contarlo. Hasta ahora.

El sol se estaba poniendo, como una mancha sangrienta contra el horizonte, y perfilaba la carcasa calcinada del matadero. El hedor de la carne quemada -carne de hombres y de ballenas- invadía el ambiente. Daud saltó de entre las cenizas y los rescoldos, su cuerpo cubierto por llamas y lacerado por heridas que ningún hombre mortal podría soportar. Su sombra se proyectaba frente a él, en el suelo, para revelar su auténtica naturaleza: una cosa con cuernos retorcidos por la herejía. Una silueta demasiado horrible para explicarla con palabras, estimado lector. Un hechicero del Vacío, sin lugar a dudas. Podía oír los gemidos de los trabajadores moribundos debajo de él, entre los escombros del matadero, pero ni siquiera se detuvo a escuchar sus súplicas, ya que su corazón es más frío que el hielo tyviano.

En su lugar, lanzó un aullido gutural de victoria que robó la vida que les quedaba a los pobres trabajadores moribundos, y salió dando botes, de un tejado a otro, hacia las calles. Y así fue cómo pensé que terminaría este episodio, hasta que oí la música. El sonido metálico retorcido de los decanos resonaba en los callejones cercanos, y supe que no tardaría en desatarse el enfrentamiento. Impulsado únicamente por mi sentido del deber hacia los ciudadanos caídos de Dunwall, me acerqué lentamente a la entrada del callejón para tener un mejor ángulo de vista.

Un contingente de valerosos decanos había capturado a uno de los lugartenientes de Daud entre las sombras del callejón. Él o ella -era imposible saberlo a causa de la gruesa piel del traje de ballenero- yacía en el suelo, atado con gruesas sogas y rodeado por los decanos. Sin embargo, la situación dio un súbito vuelco.

Juro por mi espíritu que Daud cayó desde lo alto, moviéndose por el aire con la facilidad de un halcón. Sin hacer un ruido, planeó entre ellos. El músico fue el primero en morir. Daud le arrancó la cabeza de cuajo. La maldita canción se desvaneció en un lamento discordante. Luego, presencié cómo el asesino más famoso de nuestro tiempo se convertía en un torbellino de piel, metal y sangre que desviaba espadas y balas con facilidad. El último decano, seguramente consumido por el terror tras ver a sus hermanos caer con tanta facilidad, cayó de rodillas y suplicó piedad. Daud dijo una única palabra que hizo que mis entrañas se retorcieran al oírla. El decano gritó como un loco hasta que su máscara se partió por la mitad, como si la hubieran golpeado con martillo y cincel, y de la grieta brotó un torrente de sangre que salpicó las botas de Daud.

En ese momento, cerré los ojos, pues ya no podía presenciar más atrocidades. Solo esperaba que, si el hereje me descubría, mi vida acabase rápidamente. Pero, cuando los abrí, Daud ya no estaba allí. No volví a ver al puñal de Dunwall.

Así que escucha mi consejo, amable lector. Si tú o alguno de tus seres queridos observa una sombra retorcida que se cruza en tu camino, o si oyes el más leve rumor de palabras oscuras que llega desde los tejados, huye. Huye lo más rápido que puedas.

Versión 2

[Pasaje de un folleto callejero que relata de forma sensacionalista un avistamiento del asesino Daud]

Amable lector, ten por seguro que has gastado bien tu dinero. Lo que vas a leer aquí puede que un día te salve la vida... y la cordura. Nadie ha visto al puñal de Dunwall y ha vivido para contarlo. Hasta ahora.

El sol se estaba poniendo, como una mancha sangrienta contra el horizonte, y perfilaba el noble contorno del matadero de Rothwild. El hedor de la sangre, y de la carne de hombres y de ballenas, invadía el ambiente. Daud salió deslizándose de las cloacas, empapado de tripas y de alimañas que ningún hombre mortal podría tolerar. Su sombra se proyectaba frente a él, en el suelo, para revelar su auténtica naturaleza: una cosa con cuernos retorcidos por la herejía. Una silueta demasiado horrible para explicarla con palabras, estimado lector. Un hechicero del Vacío, sin lugar a dudas. Podía oír los gemidos de los trabajadores moribundos que había dejado a su paso, pero ni siquiera se detuvo a escuchar sus súplicas, ya que su corazón es más frío que el hielo tyviano.

En su lugar, lanzó un aullido gutural de victoria que robó la vida que les quedaba a los pobres trabajadores moribundos, y salió dando botes, de un tejado a otro, hacia las calles. Y así fue como pensé que terminaría este episodio, hasta que oí la música. El sonido metálico retorcido de los decanos resonaba en los callejones cercanos, y supe que no tardaría en desatarse el enfrentamiento. Impulsado únicamente por mi sentido del deber hacia los ciudadanos caídos de Dunwall, me acerqué lentamente a la entrada del callejón para tener un mejor ángulo de vista.

Un contingente de valerosos decanos había capturado a uno de los lugartenientes de Daud entre las sombras del callejón. Él o ella -era imposible saberlo a causa de la gruesa piel del traje de ballenero- yacía en el suelo, atado con gruesas sogas y rodeado por los decanos. Sin embargo, la situación dio un súbito vuelco.

Juro por mi espíritu que Daud cayó desde lo alto, moviéndose por el aire con la facilidad de un halcón. Sin hacer un ruido, planeó entre ellos. El músico fue el primero en morir. Daud le arrancó la cabeza de cuajo. La maldita canción se desvaneció en un lamento discordante. Luego, presencié cómo el asesino más famoso de nuestro tiempo se convertía en un torbellino de piel, metal y sangre que desviaba espadas y balas con facilidad. El último decano, seguramente consumido por el terror tras ver a sus hermanos caer con tanta facilidad, cayó de rodillas y suplicó piedad. Daud dijo una única palabra que hizo que mis entrañas se retorcieran al oírla. El decano gritó como un loco hasta que su máscara se partió por la mitad, como si la hubieran golpeado con martillo y cincel, y de la grieta brotó un torrente de sangre que salpicó las botas de Daud.

En ese momento, cerré los ojos, pues ya no podía presenciar más atrocidades. Solo esperaba que, si el hereje me descubría, mi vida acabase rápidamente. Pero, cuando los abrí, Daud ya no estaba allí. No volví a ver al puñal de Dunwall.

Así que escucha mi consejo, amable lector. Si tú o alguno de tus seres queridos observa una sombra retorcida que se cruza en tu camino, o si oyes el más leve rumor de palabras oscuras que llega desde los tejados, huye. Huye lo más rápido que puedas.

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