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[Pasaje de los desvaríos de una vagabunda]

Claro que te lo voy a contar, cariño. Al final no te ocultaré ningún secreto.

Los lúgubres días de mi vida son como las ventanas de una casa. Desde la cocina, puedo ver el jardín, donde los bichos se comen las hojas y los tallos de color ocre. Se puede ver un pequeño montículo en el lugar en el que algo fue envuelto en una manta y enterrado para que descansase junto a las hileras de vides retorcidas.

La estancia principal da a la calle, donde los vecinos están prendiendo fuego a sus casas y protegiéndose dentro mediante barricadas. Es un ambiente cálido y acogedor, cariño.

Y eso sin olvidar el dormitorio. Da a un callejón lúgubre, donde unos gamberros están jugando a algo con un viejo. Dos de ellos le están pegando con palos, mientras la chica le pega patadas en sus costillas viejas y resecas. Ah, quién tuviera esos huesos para hacer un buen caldo...

En mi casa ya no vive nadie, cariño. Nadie que te convenga conocer.

Cuando vivía allí con mi marido, éramos gente de bien. Todo el mundo decía: "Vera Moray, tu casa es tan majestuosa como la mansión Boyle; quizá incluso más. Tus cenas son espléndidas y tus fiestas son las mejores".

Cuando el joven Sokolov vino a pintar mi retrato, yo estaba prácticamente en la flor de la vida. "Radiante", dijo él, y no era más que un joven que pintaba a toda la gente importante. Todo el mundo quería que les hiciera un retrato; todos mis amigos. Yo fui la única, cariño. Me plasmó con su pintura húmeda y brillante sobre el lienzo a cambio de una importante suma de dinero.

Pero no todo eran fiestas y retratos. Mi marido y yo no siempre estábamos en casa, no... Viajábamos juntos a los confines de las islas. Incluso más allá, hasta los acantilados rojos de Pandyssia, para excavar en la roca y arrastrarnos por las cuevas con velas mientras mirábamos las paredes de reojo. Encontramos muchas cosas valiosas, pero ninguna tanto como el chico de los ojos negros, cariño. Todos esos huesos, con marcas tan profundas y pulidos hasta brillar...

Me traje los huesos a casa. Los escondí para que mi querido esposo no los viera. Luego, aprendí a hervirlos y a tallarlos yo misma. Eran unos regalos estupendos, cariño. El niñito mudo se los llevó a casa. Le gustaban tanto... Siempre volvía con más huesos para mí. Los levantaba para que pudiera verlo en sus ojos, a pesar de que su lengua permanecía inmóvil. "Abuelita", me decían sus ojos, "talla estos huesos para mí. Hazme otro regalo". Y llegó muy, muy lejos. Hasta Dunwall Tower. Ahora es el mismísimo verdugo real. Mi niñito mudo y su espada brillante, brillante.

Lo que yo necesitaba eran huesos mejores, ¿sabes? Huesos mejores para tallarlos y pulirlos, para limpiarlos y abrillantarlos. Mi querido y anciano esposo estaba siempre cansado. Le hice sopa y luego se puso enfermo. Huesos mejores; eso era todo. Para mi niñito mudo, tallados en nombre del de los ojos negros. Y, cuando mi esposo falleció, utilizados como regalos de cumpleaños. Yo ya no quería seguir viviendo allí.

Así que ahora soy vieja y ya no tengo mucha gente a la que darle mis regalos. Solo me queda rebuscar andrajos en la basura y alimentar a los pajarillos que se reúnen a mis pies. Nadie quiere tomar el té, cariño. Sobre todo esos patanes de Bottle Street. Slackjaw y sus chicos, siempre metiéndose con una anciana que intenta salir adelante.

Al final, nos reuniremos con él. Tú y yo en la noche lúgubre, con estrellas por encima y por debajo de nosotros. Y siempre el de los ojos negros, cariño.

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